miércoles, 26 de mayo de 2060

Buen ministro de Jesucristo

Sin dudas, para un seguidor de Jesucristo, el mayor anhelo es escuchar de sus labios
 "Buen siervo y fiel".
Para ser un buen ministro de Jesucristo, no es necesario tener una personalidad deslumbrante, una óptima elocuencia o una buena apariencia. El apóstol Pablo le dice claramente a Timoteo que la condición para ser un buen ministro es enseñar con dedicación y exactitud la Palabra de Dios, la Biblia.
A través de los aportes de varios hermanos espero que cada uno de nosotros pueda profundizar en el estudio de la Palabra y sobre todo en el conocimiento de Dios, para poder luego enseñar a otros.
Será una alegría leer tu comentario con preguntas, sugerencias, o simplemente compartiendo cómo algún artículo fue de bendición para tu vida!!!

Bendiciones!



sábado, 30 de julio de 2022

La cuestión más difícil. Transcripción de una entrevista a John Lennox

 

El asunto más difícil al que nos enfrentamos, no es la relación entre la ciencia y Dios sino el problema del sufrimiento y Dios. Ahora, ese no es nuestro tema esta noche, pero ustedes querían que brevemente les dijera algo al respecto, ¿verdad? Vengo a menudo a América del Norte y ese es el tema que surge con mayor frecuencia.

Nos enfrentamos con terribles sufrimientos en nuestro mundo contemporáneo y cuando piensas sobre esto, te das cuenta en primer lugar de que hay dos tipos de sufrimiento. Por un lado, está el sufrimiento moral: las cosas malas que las personas hacen unas a otras, y por otro lado existe el sufrimiento causado por el cáncer, tsunamis, terremotos y demás, por el cual no podemos  culpar, en principio, a otras personas.

Por otro lado existen dos perspectivas. Por ejemplo, el cáncer se ve muy diferente para un profesor de oncología que para una joven de 25 con tres niños a los que se les acaba de decir su mamá tiene seis meses de vida. Cuando surge este tema, hay un lado intelectual y hay un lado pastoral y tienes que ser consciente de ambos.

Si googleas mi nombre en Nueva Zelanda verás que llegué a Nueva Zelanda dos días después del terremoto y tuve que cambiar cada conferencia, cada entrevista de televisión, cada entrevista de radio, y tratar el asunto “¿por qué un terremoto?”  Alguien los ha puesto todos juntos y siguen ahí si quieres escuchar lo que digo en detalle. Pero muy brevemente es esto: entiendo que la gente se haya vuelto atea por el sufrimiento. He estado en esos zapatos muchas veces y he llorado cada vez. ¿Qué puedo decir?

Pero la raíz del ateísmo tiene problemas, porque si dices “bien así es como el mundo es” como dice Richard Dawkins, “el mundo es justo lo que esperarías que fuera, no hay bien, no hay mal, no hay justicia. El ADN simplemente existe y bailamos con su música". Ese es su punto de vista. Pero espera un minuto, si no hay bien ni mal ¿por qué estás hablando del problema del mal y del dolor? ¿De dónde sacas el concepto de bien y mal si niegas la existencia de Dios? Y quiero ir por ese camino porque pasé mucho tiempo en Rusia y para muchos de mis amigos rusos Dostoievski fue casi un profeta cuando señaló: “si Dios no existe todo está permitido”. No quiso decir que los ateos no pudiesen comportarse bien, por supuesto que pueden. Yo creo que todos los hombres y mujeres son hechos a imagen de Dios como seres morales y por supuesto que pueden comportarse bien.  Pero él quería decir que, si no hay Dios, no hay ninguna justificación racional para la moralidad. De la misma forma que yo creo, y esta noche explicaré por qué lo creo, que no hay justificación racional para la ciencia si no existe Dios.

Así que esto es algo paralelo, y la visión atea tiene enormes problemas y no soluciona el problema del dolor o el mal, que sigue ahí.

Entonces, ¿qué hacemos? Bueno, déjame decirte muy brevemente lo que yo hago: seguramente todos nosotros hemos pensado que si hay un Dios bueno que es todopoderoso no debería existir el mal. Pero como existe el mal, entonces Dios no puede ser bueno o, si es bueno, no puede ser todopoderoso. Todos ustedes han escuchado esto, ¿cierto? Y quizás todos ustedes han pasado horas, como yo hice cuando era estudiante, pensando durante toda la noche, seguramente si Dios es bueno, podría, debería, haría y ese tipo de cosas. ¿Alguna vez alguno de ustedes llegó a una conclusión satisfactoria después de esas reflexiones? No, ninguno de ustedes, nunca he conocido alguien que lo haya hecho. ¿Sabes por qué? Es muy simple ver por qué, porque cuando terminamos la discusión nos enfrentamos con la belleza y con el alambre de púas en nuestro mundo. La belleza y las bombas. Es una imagen mixta, ese es nuestro problema, y cualquier explicación que no se enfrente a eso simplemente no funciona, entonces, ¿cómo lidiamos con la belleza y con las bombas?

Eso es ponerlo de forma muy directa pero, si no enfrentamos estas cosas, no podemos resolver el problema de "si Dios es esto y eso y lo otro, entonces seguramente haría tal o cual cosa".

 El hecho es que tenemos belleza y bombas.

Soy matemático y una de las pocas cosas que he aprendido de eso es que, si no puedes responder una pregunta, debes cambiar la pregunta.

Así que aquí está mi pregunta: Dado que hay belleza y bombas ¿hay alguna evidencia en algún lugar del universo de que hay un Dios en el que puedes confiar?

Ahora, esa es una gran pregunta damas y caballeros.

Yo creo que sí la hay.

Mira, en el corazón del cristianismo no hay solo una resurrección, sino una cruz. Ahora, ven conmigo, puede que encuentres que esto es difícil, pero a menudo digo a las audiencias: mira al menos escucha lo que el cristianismo dice antes de rechazarlo, así como yo escuché y pasé mi vida escuchando a ateos e hindúes y así sucesivamente, argumentando sus creencias. Al menos escucha. 

La afirmación es que el hombre en la cruz era Dios encarnado. Esa es una afirmación colosal, pero ven conmigo, si eso es así, plantea una pregunta muy profunda: ¿qué hace Dios en una cruz? 

A menudo me he sentado al lado de personas que están sufriendo intensamente, y algunos de ustedes pueden estarlo ahora mismo, y digo que al menos eso nos muestra que Dios no se ha mantenido alejado del sufrimiento humano, sino que él mismo se ha hecho parte de ese sufrimiento. Eso es una ventana damas y caballeros. Eso es una ventana, pero se abre, porque si ese fuera el final de la historia, no habría más que decir. Pero la resurrección ahora nos dice que la muerte no es el final, y cuando los primeros apóstoles cristianos salieron por el mundo y predicaron la resurrección, uno de los puntos principales  que enfatizaron fue garantizar que habrá un juicio final. Eso es algo maravilloso. Se hará justicia.

Ahora este es un tema muy extenso y yo dudé si debía comprimirlo así, pero damas y caballeros, la cruz y la resurrección de Jesucristo ahora se convierten en un gran foco para algo absolutamente colosal. La cruz no solo significa que Dios se ha acercado a nosotros en nuestro sufrimiento, es mucho más profundo que eso. Si el cristianismo es verdadero, Cristo tomó sobre él mismo todas aquellas cosas que causaron el sufrimiento. Todo el desastre que he hecho en mi vida, que ha causado que otras personas sufran y que a veces yo pensaba que era maravilloso (mis comentarios sarcásticos, mi odio, mis celos y todo ese tipo de cosas), Él los ha tomado sobre sí mismo para poder perdonarme.

La ciencia no tiene nada que decir sobre el amor, ni tiene nada que decir sobre el perdón, pero lo más importante que necesito como ser humano es perdón. ¿Hay perdón?

La culpa humana es una de los más grandes problemas en el universo y, como digo, este no es nuestro tema para esta noche pero me pidieron que dijera algo al respecto y lo que yo te dejaría es con esto: Yo no sé de alguna ventana a esta difícil pregunta que pase por alto la cruz, pero lo que sí sé es que millones de personas han mirado esa cruz, han confiado en Cristo, recibiéndolo en sus vidas y han recibido nueva vida.

Muy a menudo en  reuniones con gente de ciencia me dicen al final:  “Tú eres científico, ¿no cres que pareces un tonto sentado allí hablando de cristianismo? El cristianismo no es comprobable”

¿Quién te dijo eso? El cristianismo es comprobable damas y caballeros. ¿Sabes? cuando ves jóvenes que son dependientes de drogas o estupefacientes y luego, seis meses después los ves  libres y tú les dices ¿qué te pasó? ¿de dónde viene ese resplandor? Y lo diré como ellos lo dicen: “supe de Jesucristo y  confié en él y tengo este nuevo poder.

Vi un programa de televisión el domingo y se trataba de la dependencia de estupefacientes. Fueron a un centro de rehabilitación, llevado adelante por cristianos y alguien preguntó a uno de los que estaba allí, ¿qué significa esta casa para ti?  El hombre dijo: “¿ves esa puerta?  Entré por esa puerta y fui salvado” Salvado en el sentido de su vida salvada y hecha significativa. ¿Por qué? porque le hablaron de Cristo. 

Como ves yo soy bastante viejo, probablemente estoy bastante cerca del final de mi vida, pero he visto una y otra y otra y otra vez transformaciones en vidas. Y cuando ves miles de veces que dos y dos son cuatro, empiezas a creer que dos y dos son cuatro. Todo esto tiene que ver con Cristo. Esa es la evidencia, si no estuviera ahí yo dejaría el cristianismo. Pero está ahí, y he vivido con Cristo por más de 60 años, y en mi familia y con mi esposa hemos puesto a prueba una y otra vez. Ahora, puedes decir que todo es subjetivo, pero a fin de cuentas, la existencia del pastel se demuestra comiéndolo. Si no hubiese ninguna prueba de ese tipo, no existiría razón alguna para creer.

martes, 8 de febrero de 2022

Símbolos de autoridad y gloria

 SÍMBOLOS de AUTORIDAD y de GLORIA

 David Gooding 

En 1 Corintios 11:2-15 el  Espíritu  Santo,  cuya  misión es  glorificar  al  Señor  Jesús,  nos  habla  a  través  del  Apóstol  Pablo  acerca de  dos  de  los  símbolos  cristianos  por  los  cuales  expresamos  nuestra  obediencia  a  Dios,  nuestra  lealtad  a  Cristo  y  nuestro  respeto unos  por  otros.  Es  éste  un  tema  glorioso.  Tres  veces  en  este  corto  párrafo  el  Espíritu  Santo  enardece  nuestros  corazones  con  una visión de  gloria: en el v. 7  habla de la gloria de  Dios,  otra  vez en el v. 7 de la  gloria del varón, y  en el v. 15 de la gloria de  la mujer. No  hay otros  símbolos  que  tengan  mayor  dignidad  y  alcance.  Las  realidades  gloriosas  de  que  dan  testimonio  pertenecen  a  la  esfera  de la Redención (11:3-6),  a la  esfera de  la Creación (11:7-12)  y  a la  esfera  de  la Naturaleza  (11:13-15). 

Que  los  versículos  3  a  6  tratan  de  la  esfera  de  la  Redención  se  ve  por  los  términos  usados  al  describir  la  relación  existente  entre nuestro  Señor  Jesús  y Dios.  No  hablan  de  su  subordinación  como  Hijo  al  Padre  en  el  seno  de  la  Deidad,  ni  de  la  relación  entre  el  Verbo preencarnado  y  Dios antes  y  en el momento de  la Creación. Lo que dicen es que “Dios es la cabeza de Cristo,  el Mesías” (11:3).  Se refieren  a  Jesucristo  como  el  Ungido  del  Señor,  el  Salvador  del  mundo,  la  Cabeza  de  la  Iglesia  y  el  Soberano  de  los  reyes  de  la tierra (Ap. 1:5). 

No  es  difícil  entender  por  qué  el  Espíritu  Santo  da  un  lugar  de  honor  a  la  esfera  de  la  Redención  en  este  protocolo  de  gloria. Basta  recordar  lo  que  costó  a  nuestro  Señor  Jesucristo  someterse  a  la  autoridad  de  Dios para  llevar a  cabo  la  obra  de  la  Redención. Por  toda  la  eternidad  Él  había  existido  en  la  misma  forma  de  Dios  (y,  por  supuesto,  nunca  dejó  de  serlo),  pero  cuando  se  comprometió a  ser  el  Mesías  y  hacer  que  hombres  y  mujeres  rebeldes  como  nosotros  volviéramos  de  nuevo  a  una  sumisión  leal  y  amante  a  Dios,  Él tomó  forma  de  siervo  y  se  hizo  obediente  hasta la  muerte,  y  muerte de  cruz.  Este  es  el  precio  que  tuvo  que  pagar  por  su  voluntaria sumisión a Dios,  su Cabeza. 

Y  no  debemos olvidarnos de  la  gloria  a  que  Dios  le  ha  exaltado  en  respuesta  gozosa  a  su  obediencia.  Por  el  contrario,  de  buena gana  deberíamos  emplear  cualquier  medio  a  nuestro  alcance  para  realzar  tanto  la  obediencia  como  la  gloria  de  Aquel  a  quien  debemos nuestra Salvación. 

Todo  esto  nos  introduce  al  primero  de  nuestros  dos  símbolos.  Siempre  que  los  cristianos  nos  reunimos  para  ejercer  nuestros dones  espirituales, y  aun  más  al reunirnos oficial y  públicamente  como iglesia, ha sido  nuestra  práctica (v.  2  literalmente  contiene  la idea  de  una  costumbre  basada  en la  enseñanza  transmitida  por  los  Apóstoles  desde  el  principio),  que  los  varones  no  se cubran  la  cabeza. Esta es  la forma instituida por  Dios para  que los varones honren su  Cabeza, el Señor  Jesucristo (v. 3) y  para que proclamen  su  fe  en que Dios le ha levantado de entre los muertos y  le ha hecho Señor y  Cristo (Hch. 2:36). 

Es  evidente  que  esto  nada  tiene  que  ver  con  las  antiguas  costumbres  locales.  Antiguamente  los  varones  griegos  también  solían orar  con  la  cabeza  descubierta,  pero  es  obvio  que  no  por  la  misma  razón  que  la  de  los  varones  cristianos.  De  hecho,  un  griego inconverso  jamás habría entendido el  significado  de  la práctica  cristiana de no habérselo  explicado  los cristianos. El significado del símbolo tal  y  como lo  usaron los cristianos, era total y  exclusivamente cristiano. 

Y desde luego nada tiene  que ver con  la moderna costumbre que  tienen  los  caballeros  de quitarse el sombrero  en presencia de  las  damas.  Si  entrásemos  en  una  sinagoga  judía  veríamos  a  todos  los  hombres  con  las  cabezas  cubiertas.  Y  esto  no  porque  no  sean caballerosos. Los varones judíos se cubren la cabeza al orar para  mostrar  su reverencia a Dios. 

Los varones cristianos  no  son  menos  reverentes,  pero  Dios  les  llama  a  declarar,  con  la  cabeza  descubierta,  que  Jesús  es  el Mesías,  el  Cristo.  También  que,  en  ausencia  de  su  Cabeza,  ellos,  como  varones  cristianos,  son  sus  representantes  oficiales  en  la  tierra. 

Este  asunto  no  carece  de  importancia.  Los  judíos  consideran  una  blasfemia  lo  que  los  cristianos  proclaman  por  medio  de  este símbolo.  Ellos no  aceptan, como tampoco  los gentiles inconversos, que Jesús  es el Cristo. Los cristianos sí que lo aceptamos. Es un hecho esencial y  céntrico  de  nuestra  fe.  Si  es  importante  que  simbolicemos  la  muerte  del  Señor Jesús  a nuestro favor por  medio  del pan  y  el  vino  en  la  Cena  del  Señor,  es  igualmente  importante  que  los  varones  creyentes  testifiquemos  por  medio  de  este  otro  símbolo que  Él  es  el  Cristo  y  la  Cabeza.  Si  un  varón  cristiano  rechaza  este  símbolo,  e  intencionadamente  cubre  su cabeza  al  orar,  está  afrentando a  su  Cabeza,  según  indica  el  Espíritu  Santo  (11:4).  No  su  propia  cabeza  física  –pues  esto  no  importaría  demasiado–  sino  a  su  Cabeza espiritual, el  Señor Jesús. Esto  sí que tiene una enorme importancia. 

Por  lo  tanto, una vez que el significado  de  este símbolo ha sido  entendido, ningún  cristiano verdadero necesitará  que nadie le  exhorte  a  no  descuidarlo.  Nada  importa  que  el  mundo  moderno  ya  no  entienda  el  significado  de  este  simbolismo.  Los  griegos inconversos de la Antigüedad  tampoco  lo entendían. Tuvieron que ser enseñados. 

El  segundo  símbolo  que  nos  ha  sido  dado  por  el  Redentor  es  el  reverso  del  primero.  Mientras  que  el  varón  cristiano  debe dejarse la  cabeza descubierta,  la mujer  debe  cubrírsela.  Y esto  lo  hace en reconocimiento de  que el  varón es su cabeza. 

Para  captar el  verdadero  significado de este símbolo debemos considerarlo  dentro del Contexto completo  en que lo  coloca el  Espíritu  Santo  (v.  3):  “quiero  que  sepáis  que  Cristo  es  la  Cabeza  de  todo  varón,  y  el  varón  es  la  cabeza  de  la  mujer,  y  Dios  la  Cabeza de  Cristo”. 

De aquí  deducimos en seguida  cuán importante es el concepto  de  “cabeza” en la esfera de  la Redención. Bajo Dios, todos, tanto  hombres  como  mujeres,  y  aun  Cristo  mismo,  tenemos  una  cabeza.  Pero  nótese  el  orden:  antes  de  decirle  a  la  mujer  que  el  varón es  su  cabeza, al  varón se le recuerda que él también está sujeto  a la autoridad de una Cabeza, la  cual  es  Cristo. Por lo tanto, el varón no  es  un  autócrata,  responsable  sólo  ante  sí  mismo  y  con  libertad  de  enseñorearse  caprichosamente  sobre  la  mujer.  Su  propia  Cabeza. el  Señor Jesús  ha  establecido el  modelo y  el  espíritu con  que  todo  liderazgo  ha  de  ser  ejercido  (Lc.  22:24-27).  Cuanto  más  grande  es la  responsabilidad  encomendada  a  un  hombre,  tanto  más  ha  de  servir  a  aquellos  a  quienes  dirige.  Y  Cristo  llamará  al  hombre  a  rendir cuentas  de  cómo desempeñó  su liderazgo. 

Nótese  también  que  cuando  a  la  mujer  se  le  dice  que  el  varón  es  su  cabeza,  el  Espíritu  Santo  inmediatamente  añade  que  Cristo también  tiene  una  Cabeza.  Si  no  fuera  por  esto,  la  mujer  podría  pensar  que  es  injusto  tener  que  aceptar  al  varón  como  su  cabeza. Después  de  todo,  en  su  naturaleza  esencial,  ella  es  igual  al  hombre  habiendo  ambos  sido  hechos  a  la  imagen  de  Dios.  ¿Por  qué,  pues, ha  de  aceptar  al  varón  como  su  cabeza?  ¿Por  qué  no  puede  tener  igualdad  con  el  varón?  Es  aquí  donde  el  Espíritu  Santo  remarca,  con inmensa  gracia  y  discreción,  que  Cristo  mismo  se  ha  sometido  a  tener  una  Cabeza.  En  cuanto  a  su  naturaleza  esencial,  Cristo  siempre fue –y  jamás ha dejado  de  ser–  igual  a  Dios.  Pero  ¿dónde  estaríamos  nosotros  ahora  si  Él hubiera exigido  permanecer igual a Dios, en  cuanto  a  posición  y  funciones,  en  vez  de  humillarse  tomando  forma  de  siervo  y  sometiéndose  a  sí  mismo  en  obediencia  a  Dios  como su  Cabeza?  Ahora  bien,  algunos  eruditos  han  sugerido  que  la  palabra  “cabeza”,  en  este  contexto,  no  debe  entenderse  como  si  implicase la  idea  de  liderazgo  o  autoridad.  Argumentan  que  cuando  el  v.  3  dice  que  el  varón  es  la  cabeza  de  la  mujer,  está  refiriéndose  al  hecho que  menciona  el  v.  8  que  en  la  creación,  la  mujer  fue  sacada  del  hombre,  lo  cual  quiere  decir  que  el  hombre  es  el  “origen”  de  la  mujer. Sin  embargo,  es  improbable  que  el  v.  3  se  refiera  a  la  Creación.  Su  contexto,  como  hemos  visto,  es  el  de  la  Redención.  Además,  si  en el  v.  3  “cabeza”  significa  “origen”,  tendríamos  que  entender  la  última  frase  del  versículo  como  si  dijese  “el  origen  de  Cristo  es  Dios”. Ciertamente  esto  nos  daría  a  entender  un  concepto  muy  extraño  y  anormal.  Y  tampoco  es  necesario.  Es  mucho  más  lógico  aceptar  que la  palabra  “cabeza”  en  el  v.  3  lleva  consigo  el  significado  de “autoridad” como ocurre en  Efesios  1:22: “...y  sometió (Dios)  todas  las cosas bajo sus pies (los de  Cristo) y lo dio  por Cabeza sobre todas las cosas a la  iglesia”.

Es  aquí,  de  hecho,  donde  vemos  el  más  amplio  contexto  de  todo  este  énfasis sobre  el  asunto  de  la  cabeza  (autoridad)  en  1 Corintios  11:2-5.  Cristo,  como  Cabeza  sobre  todas  las  cosas  tiene  el  cometido  de  recobrar  aquel  dominio  universal  sobre  toda  la Creación  que  Dios  destinó  para  el  hombre,  pero  que  Adán  y  Eva  perdieron  por  su  desobediencia.  Cristo  lo  está  recuperando  para  que cuando  por  fin  todas  las  cosas  estén  bajo  su  control,  Él  pueda  entregar  el  reino  en  completa  obediencia  a  Dios,  según  nos  dice  1 Corintios 15:28. 

En un sentido,  Cristo  ya  ha  ganado  más  que  lo  que  Adán  perdió.  El  hombre  en  Adán  fue  hecho  un poco  menor  que  los  ángeles, pero  Cristo  está  ahora  mismo  exaltado  sobre  todos  los  ángeles,  principados  y  potestades  (Ef.  1:20-22).  En  otro  sentido,  por  supuesto, todavía  no  vemos  que  todas  las  cosas  le  hayan  sido  sujetas  (He.  2:8).  La  desobediencia,  el  egoísmo  y  el  desorden  que  el  diablo introdujo  en  nuestro  mundo  cuando  tentó  a  la  mujer  por  medio  de  la  serpiente,  y  al  hombre  por  medio  de  la  mujer,  todavía  mantienen a  toda  la  raza  humana  en  una  abierta  rebelión  contra  Dios,  y  llena  nuestro  mundo  de  discordias  y  nefandas  contiendas.  Pero  si  esto  es así  en  el  mundo,  la  situación  en  la  iglesia  es  diferente  ¿no  es  cierto?  ¿No  nos  ha  llevado  el  Señor  a  someternos  voluntaria  y gozosamente a su  gobierno de  gracia y  a  aceptar el  liderazgo  y  la  autoridad  que  Él  nos  designa?  Incluso  en  el  mundo  del  deporte,  los jugadores  de un  equipo  reconocen  la  necesidad  de  tener  un  capitán  y  aceptan  el  liderazgo  ordenado  por  los  seleccionadores,  sin  sentirse  ofendidos o  creerse  inferiores.  ¿Lo  haremos  peor  en  la  iglesia?  Seguro  que  no:  porque  rechazar  el  símbolo  de  autoridad  que  el  Señor  nos  ha ordenado  sería,  en realidad,  rechazar la  misma autoridad  del Señor  en  este asunto.  Será como profesar que aceptamos el Señorío de Cristo, pero  cuando nos manda  ser bautizados,  negarnos a  ello. 

Ya  hemos  visto  lo  serio  que  sería  que  un  hombre  cristiano  rechazara  el  simbolismo  que  a  él  corresponde  (el  descubrir  su cabeza).  Ahora, que sea el Espíritu Santo mismo quien  nos diga lo afrentoso que  sería que  una mujer  cristiana, consciente de  lo  que hace, rechazara el simbolismo que a ella corresponde (11:6).  Traería  sobre su cabeza (es  decir, sobre el varón  cristiano, no sobre  su cabeza física) la misma clase de vergüenza que una mujer  adúltera traería  sobre su esposo. 

En el mundo  antiguo tal  infidelidad  se mostraba públicamente rapando  el cabello  a  la  mujer.  La mujer  que  rehúsa cubrirse la cabeza,  dice  el Espíritu Santo,  es como si estuviese rapada.  Es algo verdaderamente horrible. 

Seguidamente  el  Espíritu  Santo  nos  muestra  que  los  dos  símbolos  que  venimos  considerando  apuntan a  realidades  en  la  esfera de  la  Creación  (11:7-12).  Para  esto  Él  nos  lleva,  no  a  las  costumbres  locales  del  antiguo  Corinto  o  a  cualquier  otro  sitio,  sino  al  relato divinamente  inspirado  de  la  Creación  en  el  libro  de  Génesis.  El  primer  capítulo  de este  libro  nos  aclara  (1:27-28)  que,  en  cuanto  a  su naturaleza  esencial  y su  categoría,  tanto  el  hombre  como  la  mujer  fueron  hechos  a  imagen  de  Dios.  Era  el  propósito  de  Dios  que  ambos compartieran  el  dominio  sobre  la  Creación.  Sin  embargo,  el  capítulo  dos  de  Génesis  (vv.  18-25)  explica  que  en  cuanto  a  las  funciones que  iban  a  desempeñar,  había  diferencias  significativas  entre  los  sexos,  por  designio  de  Dios.  El  hombre  fue  creado  primero  y ya  había comenzado  a  cumplir  las  tareas  que  Dios  le  había  encomendado  antes  de  que  la  mujer  fuera  creada.  Además,  fue  hecho  directamente y no  sacado  de  la  mujer.  Allí  estaba  él  solo,  recién  salido  de  la  mano  de  Dios.  Y  era  –nos  dice  el  Espíritu  Santo  (1  Co.  11:7)–  la  imagen y la  gloria  de  Dios,  el  virrey  de  Dios  en  la  Creación,  investido  con  la  misma  gloria  de  Dios  como  Su  representante  oficial.  En  cambio la  mujer,  según  dice  el  Espíritu  Santo  (11:7-9),  es  la  gloria  del  varón.  Se  refiere  al  hecho  de  que  Dios  hizo  a  la  mujer  a  partir  del  varón y  le  asignó  el  papel  de  pareja,  ayuda  y  compañera  del  hombre,  para  complementarle  en  las  tareas  que  Dios  le  había  encomendado  La mujer,  pues,  era  la  gloria  del  varón  del  mismo  modo  que  el  varón  era  la  gloria  de  Dios.  Y  el  varón  experimentó  en  la  mujer  y  su  función todo el gozo  y  el placer  que Dios experimentó en el varón y  su función. 

Sabemos  muy bien  cómo  Satanás  lo  estropeó  todo  y  disminuyó  la  gloria  de  las  funciones  de  ambos.  Pero  Cristo,  la  Simiente de  la  Mujer,  ha  venido  para  deshacer  las  obras  del  diablo  (1  Jn.  3:8).  Se  nos  dice  en  Efesios  3:10  y  1  Corintios  11:10  que,  en  la  iglesia, se  les  está  mostrando  a  los  ángeles  la  multiforme  sabiduría  de  Dios  al  ver  cómo  el  hombre  y  la  mujer  son  restaurados  para  Dios  y  para sus  respectivas funciones, según  la intención original de Dios. 

Los  ángeles  observan  cómo  hombres  y  mujeres,  por  amor  a  Cristo,  hacen  uso  de  los  símbolos  que  indican  su  reconocimiento del orden que el Redentor ha establecido  para ellos. 

No  cabe  duda  de  que,  en  lo  que  se  refiere  a  las  condiciones  por  las  que  recibimos  la  salvación  y  nuestra  gran  herencia,  no  hay diferencia  alguna  entre  varón o  mujer, judío o  griego, esclavo  o libre (Gá. 3:28).  Un niño  se  salva bajo  las  mismísimas  condiciones que  sus  padres.  Pero  en  cuanto  a  las  funciones,  bien  sea  la  familia,  bien  en  la  iglesia,  el  señorío  de  Cristo  no  elimina  la  distinción  entre varón  y  mujer, o  entre padre e hijo.  “En el Señor”, el niño cristiano debe  obedecer a  sus padres  (Ef.  6:1)  y  más  aun  siendo  creyente que antes de  serlo.  “En el Señor”, como apunta 1 Corintios 11:11-12,  las distinciones entre los papeles respectivos del hombre y  de la  mujer,  así  como  su  complementariedad,  no  son  eliminadas,  sino  restauradas  de  acuerdo  con  los  propósitos  originales  del  Dios creador. La idea  del “uni-sexo” no surge de  la Redención, como tampoco,  por supuesto, surgió de la Creación. 

Finalmente,  el  Espíritu  Santo  nos  muestra  cómo  estos  dos  símbolos  concuerdan  con  los  instintos  de  la  Naturaleza  (11:13-15). Él dice que la Naturaleza  nos enseña  que  a  un  hombre  le es deshonroso dejarse crecer  el cabello; sin embargo, si una mujer  tiene el pelo  largo,  esto  es  gloria  para  ella.  Nótese  que  dice  “si...”.  La  Naturaleza  no  dota  a  todas  las  mujeres  por  igual  de  largo  y  hermoso.  Le ha sido dado  como una  estola o manto (la palabra griega aquí no es la que se traduce por “velo” en los versículos anteriores, sino la que  se  traduce  por  “vestido”  en  Hebreos  1:12).  Dios  pensaba  que concedía  a  las  mujeres  un  don  bello  y  glorioso al  darles  un  cabello largo y hermoso.  Es gloria  para ellas. Con razón llama la atención  y  suscita admiración.

Pero  no debe  ser así en la Presencia de Dios. En Su  presencia, la  sensibilidad de la mujer, y  mucho más  su espiritualidad  y amor  por el Salvador, la  llevará a  velar su  propia  gloria,  para  no  distraer  la atención de los demás  hacia  Dios mismo. Por  demás  está decir  que la  cubierta  más conveniente para este fin  sería un velo y  no un sombrero  de  última moda. 

¿Cómo  responderemos,  entonces,  a  la  enseñanza  del  Espíritu  Santo  sobre  estos  dos  símbolos?  No  podemos  argumentar  que mientras  Dios  vea  autenticidad  en  nuestros  corazones  no  necesitamos  usar  símbolos  externos.  El  mismo  argumento  daría  al  traste  con el  use  de  los  símbolos  de  la  Cena  del  Señor  y  del  Bautismo.  Hoy  en  día  es,  evidentemente,  más  fácil  para  los  varones  cristianos practicar  el  simbolismo  que  les  corresponde;  pero  las  modas  y  las  corrientes  de  opinión  modernas  hacen  difícil  para  las  mujeres cristianas practicar el suyo.  El hacerlo  exige de ellas enorme gracia, espiritualidad  y  valor. 

Es  interesante  notar  que,  en  Inglaterra,  si  una  mujer  es  invitada  al  palacio  para  ser  recibida  por  la  Reina,  normalmente  se  exige que lleve sombrero. Pocas mujeres  se  niegan  a la  demanda de la  Reina o se avergüenzan de ser  vistas llevando un  sombrero  en  tales ocasiones. 

¿Mostraremos nosotros menos respeto por  los deseos expresos del Rey  de  reyes? 

DAVID GOODING 

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