domingo, 12 de abril de 2020

Promesa

Promesa.

No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Mateo 28:6
Aquel grupo de piadosas mujeres se había ido a dormir con el corazón constreñido por la muerte de su maestro y amigo. Creían firmemente que él era el Cristo, sin embargo los acontecimientos no habían sido como esperaban. Habían aprendido que el Mesías “habría de redimir a Israel” y “restauraría el reino”. Así sería. Primero el Mesías tenía que morir por los pecadores ¡y resucitar al tercer día!
La imagen puede contener: nubes, cielo, exterior y naturalezaRecién amanecía el domingo. Las mujeres caminaban ansiosas al sepulcro. Su preocupación era terminar los preparativos del cuerpo del Señor que habían quedado inconclusos. De pronto las asaltó una inquietud mayor ¿Quién movería la pesada piedra que cerraba el sepulcro? La sorpresa de encontrar la tumba abierta se convirtió en pánico cuando vieron que el cuerpo del Señor ya no estaba allí.
No era la tumba equivocada. Los discípulos no habían robado el cadáver. Imposible pensar que Jesús despertó de un desmayo, se liberó cual Houdini de las apretadas mortajas y movió, solo, una piedra de dos toneladas. No. Los ángeles dijeron: Ha resucitado, como había prometido.
La resurrección de Jesús es la base de nuestro evangelio. Este mensaje glorioso consiste en tres premisas: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras, que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras. Si Jesús no resucitó, no es quien dijo ser, y el evangelio no es más que palabras huecas, sin poder para salvación. Pero la resurrección verifica su identidad divina. Él dijo “Nadie me quita la vida. Tengo poder para ponerla y tengo poder para volverla a tomar” Solo Dios puede hacer eso. Y él lo hizo.
La resurrección de Jesús es la base de nuestra esperanza. Porque él vive, nosotros también viviremos. Esperamos el momento glorioso en que “los muertos en Cristo resucitarán primero, luego nosotros, los que hayamos quedado seremos arrebatados para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor. Eventualmente gustaremos la muerte, pero la resurrección valida su promesa: "Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá" (Juan 11:25),
La resurrección es la base de nuestra entereza. La promesa de éste feliz encuentro no es solo para el más allá. Nos alienta en nuestro caminar cotidiano y nos fortalece en la adversidad. Esta carpa en la que moramos está sujeta a deterioro, enfermedad y muerte. Seguramente nos toque enfrentar sufrimientos, cosas comunes a la experiencia humana caída en pecado. Pero la resurrección vaticina nuestra victoria. “Por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo”.
Pronto el cielo se estremecerá con un grito triunfal y definitivo“¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?” 1 Corintios 15:55.
Un día la tumba ocultarle no pudo,
Un día su espíritu al cuerpo volvió,
Y de la muerte ya había triunfado,
Y a la diestra de Dios se sentó.
Vivo me amaba, muerto, salvome
Y en el sepulcro mi mal enterró.
Resucitado es mi eterna justica
Un día el viene, pues lo prometió

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